jueves, 27 de mayo de 2010

Hormigas olmecas

Olmec ants

En 1999 unos obreros mexicanos descubrieron casualmente, en la cantera del poblado de Cascajal, estado de Veracruz, un bloque rectangular de piedra serpentina con numerosas inscripciones en una de sus caras. Pesaba 12 kilos, con un grosor de 13 cm y una superficie de 36 x 21 cm.

Bloque de Cascajal (Fotografía de Stephen D. Houston, 2006)

Se acababa de descubrir el sistema de escritura más antiguo del hemisferio occidental, datado en torno al año 900 antes de Cristo y perteneciente a la cultura olmeca. La piedra contiene 62 glifos, 28 de ellos distintos (repetidos varias veces), distribuidos en grupos o series y de probable lectura horizontal, de izquierda a derecha (Rodríguez Martínez et al., 2006).

Glifos del bloque de Cascajal (según Rodríguez Martínez et al., 2006)

El carácter único de esta escritura surgida de forma independiente en el Golfo de México, unido a la ausencia de otros restos arqueológicos que puedan servir de comparación, ha impedido hasta el momento presente su desciframiento.
De entre los glifos del bloque de Cascajal, hay uno que me ha llamado especialmente la atención, el correspondiente a los números 1, 23 y 50. Según declaraciones de Rodríguez Martínez, primer firmante del artículo original donde se anunciaba el hallazgo de Cascajal (Science, 2006), el glifo en cuestión representaría a una abeja. Michael Everson, en su Analysis of Olmec Hieroglyphs (versión de 20-09-2006), lo adscribe a un insecto “con antenas y seis patas”. Staller y Carrasco (2009) comentan su parecido con un ciempiés identificado por Taube en una efigie (Karl Taube: The Olmec World, 1996), y añaden que tiene apariencia de insecto, “quizá una hormiga”.
Vea el lector, reunidos y dispuestos horizontalmente, los tres glifos en cuestión:


Planteo a los estudiosos la siguiente hipótesis: el artrópodo aquí representado podría tratarse de una hormiga cortadora de hojas, concretamente del género Atta. De las tres especies presentes en México (A. cephalotes, A. texana y A. mexicana), Atta cephalotes sería la mejor candidata por su particular abundancia en el estado de Veracruz (Bustos Melgarejo, 2003).
Destacaría dos rasgos morfológicos: 1) la línea central que cruza la cabeza del glifo olmeca, que correspondería a la hendidura o depresión que forman entre sí los prominentes y convexos lóbulos occipitales de Atta cephalotes; 2) la cintura que separa el tórax del abdomen.

Comparación entre Atta cephalotes (modificado de Sarefo: Wikipedia) y el glifo olmeca

Me parece relevante, a efectos de interpretar esta antiquísima escritura olmeca de hace 3000 años, que el glifo aludido pueda ser una hormiga y no otro artrópodo. Las hormigas forman parte de la cosmogonía mesoamericana. Son protagonistas de relatos míticos mayas como el Popol Vuh y el Chilam Balam, o de leyendas zoques -relacionados con los olmecas- (Vásquez-Bolaños y Castaño Meneses, 2007). Aparecen en murales, códices y leyendas aztecas, como la Leyenda de los soles, en la que se narra el origen del maíz (Hernández Ruíz, 2007).
Además, han sido y siguen siendo empleadas en la alimentación. Las reinas de Atta cephalotes son recogidas por los habitantes de Veracruz tras las lluvias de abril a junio, aprovechando las salidas masivas de los vuelos nupciales. Sus gruesos abdómenes, repletos de huevos, son comidos crudos, asados, en salsa o mezclados en tortas (Landero Torres, 2005).

Diversas castas de Atta cephalotes (modificado de Sarefo: Wikipedia)

Curiosamente, la hormiga representada en el glifo olmeca sería un soldado u obrera mayor, no una reina. Las obreras son las encargadas de colectar las hojas que utilizan en sus cultivos de hongos, y lo hacen en procesiones conspicuas de acción devastadora. El ciclo vital de Atta cephalotes, con las lluvias como detonante de los vuelos nupciales de las reinas, y la sempiterna actividad recolectora de hojas por parte de millares y millares de obreras, me retrotrae a la representación pictográfica de Cascajal.

Atta cephalotes acarreando hojas (fot. de Alex Wild: http://www.alexanderwild.com/)

Las hormigas aparecen al comienzo de 3 grupos de glifos, grupos con probable estructura sintáctica y contenido narrativo.

Tres series de glifos del Bloque de Cascajal (modificado de Everson, 2006)

Mi imaginación ha cobrado vuelo, acaso más allá de lo verosímil, urdiendo nuevas y extrañas relaciones. Donde Michael Everson (2006) ve una piel seca de animal (glifos 9, 27 y 54) yo pretendo ver la representación del agua, de la lluvia, que provoca la salida anual de reinas aladas y es signo de próxima abundancia. Cuando miro la bolsa (glifos 10 y 25) no puedo dejar de recordar la etimología náhuatl de “chicatana”, palabra con la que se designa en muchos lugares de Veracruz a las reinas de Atta cephalotes: tzicatl (hormiga) y tanatli (bolsa de palma), aludiendo al gran volumen del gastro de estas hormigas reproductoras (Landero Torres, 2005). También me viene el relato de Humboldt acerca de los indios venezolanos del Río Negro, que empleaban saquitos para guardar vachacos ahumados (reinas de hormigas) que posteriormente mezclaban con tortas de casabe…
Hormigas cortadoras de hojas, flores, lluvia, bolsas…, ¿qué historia contaría el autor de estos enigmáticos glifos si tales fuesen sus significados? ¿Serán las hormigas una de las claves explicativas de esta milenaria escritura olmeca?

Referencias:

sábado, 15 de mayo de 2010

Cerámica hotentote

Hottentot pottery

A principios del siglo XVIII el astrónomo y matemático alemán Peter Kolbe (1675-1726) viajó al Cabo de Buena Esperanza con el mandato holandés de estudiar la geografía, la Historia Natural y las costumbres de los pueblos que habitaban aquella región sudafricana.

Peter Kolbe (1675-1726)

Fruto de sus investigaciones fue el libro Caput Bonae Spei Hodiernum (1719), pronto traducido a varios idiomas. En su pormenorizada descripción de los Hotentotes de Botswana y Namibia, menciona el uso que daban a la tierra recogida de los nidos de hormigas para tapar las fosas practicadas en sus enterramientos. Más sorprendente aún es el relato de la fabricación de la cerámica hotentote, en la que empleaban tierra de hormigueros mezclada con pupas de hormigas. He aquí la relación completa de Kolbe, que he traducido basándome en la edición inglesa de 1731 (The present state of the Cape of Good-Hope) y en la francesa de 1742 (Description du cap de Bonne-Espérance).

Hotentotes fabricando esteras y vasijas (según P. Kolbe, 1731)

Le mostraré ahora al lector cómo fabrican los hotentotes las vasijas de tierra. Todos los hotentotes son alfareros, y cada familia hace sus propias vasijas. Dichas vasijas las fabrican únicamente con la tierra de los hormigueros que se encuentra sobre la superficie del suelo, sin mezclarla con la que hay debajo. Purifican esta tierra quitando la grava y las piedras que pueda haber. Entonces la amasan con fuerza incorporando los huevos de hormigas dispersos aquí y allá. Estos huevos constituyen un poderoso aglutinante que quizá pocos conozcan en Europa. De esta tierra, convertida ahora en una especie de arcilla o masa, cogen la cantidad suficiente para hacer una vasija del tamaño deseado. Colocan la masa sobre una piedra plana y lisa, y comienzan a dar forma a la vasija empleando exclusivamente las manos (a la manera de un pastelero). El aspecto final es el de las urnas funerarias en las que los antiguos romanos conservaban las cenizas de los difuntos. Todas sus vasijas de tierra tienen esa forma de urna romana. Acto seguido la alisan, por dentro y por fuera, muy cuidadosamente, sin dejar el menor granulado o irregularidad. Hecho esto, la dejan un par de días al sol sobre la misma piedra en la que se elaboró. Tras este periodo la vasija está completamente seca, y la separan introduciendo entre la piedra y el fondo de la vasija una tira de tendón seco, moviéndola adelante y atrás como si se tratara de una sierra. Después meten la vasija en el horno, que consiste en un agujero en el suelo de la misma profundidad que la altura de la vasija, pero con una circunferencia el doble de ancha o más. Por encima y alrededor de la vasija hacen una hoguera rápida, que dejan arder hasta que se consume. Dicen los hotentotes que al calor de la llama los huevos de hormigas se funden y entremezclan por toda la materia de la vasija, ligándola y dándole la sorprendente solidez característica de la alfarería hotentote.
El color de las vasijas, tanto por dentro como por fuera, es negro azabache, color que adquieren, al decir de los hotentotes (y yo les creo), no por el humo o las llamas, sino debido a los huevos de hormigas. En ninguna parte de la vasija se aprecia cambio de colorido.
Sólo con esta manufactura hotentote sería suficiente para desterrar la supuesta estupidez e ignorancia con la que se considera a este pueblo en Europa, donde, según creo, no hay una sola vasija que desmerezca las de los hotentotes, ni que sea más ingeniosa. Fabricada sin instrumentos, salvo un cuchillo de vez en cuando, es la prueba de la destreza de los hotentotes. Y el hecho de hacerla de tierra impregnada con huevos de hormigas es la evidencia nada baladí de su inventiva.

Hotentote (Fot. de A. C. Haddon) y vasija khoikhoi (Galerie Ezakwantu)

lunes, 10 de mayo de 2010

Formas aparenciales

Appariential forms

El aspecto externo de los seres vivos, su forma aparencial, constituye un grave problema para el naturalista. Uno de los corolarios fundamentales del darwinismo es el concepto de adaptación o función. Dado un rasgo o estructura, podemos preguntarnos legítimamente por su función o sentido adaptativo. Las conclusiones obtenidas –que abarrotan miles de libros y revistas científicas– describen las interacciones descubiertas entre el rasgo y el medio, en ocasiones acompañadas de sugerencias acerca de su probable origen filogenético. Tal pregunta resulta así, por mor de su eficacia y fecundidad, una de las claves metodológicas de la Biología.

Un buen ejemplo lo proporcionan las extrañas mandíbulas de las hormigas del género Thaumatomyrmex, cuya función permaneció desconocida hasta muy recientemente. Las obreras están especializadas en la captura de unos ciempiés del orden Polyxenida, de piel blanda pero recubierta de largas cerdas. Mientras sujetan y atraviesan al ciempiés con las mandíbulas, van quitándole las cerdas con sus patas delanteras.

Thaumatomyrmex mandibularis (Fotografía de April Nobile: antweb.org)

A veces, determinadas estructuras sorprenden por su bizarría y quedan a la espera de una futura explicación funcional, como sucede con el denso mechón de pelos sobre las mandíbulas de la nueva especie Pheidole bigote (Longino, 2009).

Pheidole bigote (Fotografía de S. Bylsma: antweb.org)

Pero en muchos otros casos la pregunta adaptativa resulta problemática, y la respuesta –la función de la estructura estudiada– queda en suspenso. Basta abrir los ojos y observar los innumerables y complejos diseños de formas y colores de las alas de las mariposas, de los élitros de los escarabajos, de las plumas de muchas aves…, o la estructura tridimensional de cuernos, astas, excrecencias, espinas, conchas, etc.
El zoólogo suizo Adolf Portmann (1964, 1968, 1990) las estudió e interpretó bajo el concepto de autorepresentación del organismo. La forma aparencial del animal (phenomena proper) sería, según dicho autor, un órgano en sí mismo, tanto como pueda serlo el hígado, y estaría dotado de autonomía y simetría propias respecto de las estructuras internas (phenomena improper). Las formas aparenciales estarían divididas, a su vez, en dos modalidades: las dirigidas, sometidas a selección, y las no dirigidas, dotadas de autonomía más allá de los valores de supervivencia. Así, de acuerdo con Portmann, una amplia variedad de formas escaparía al concepto darwiniano de adaptación.
La obra de Portmann viene siendo objeto de renovado interés en los últimos años. Karel Kleisner (2008), por ejemplo, ha acuñado el concepto de órgano semiótico para referirse a las formas aparenciales. Según Kleisner, para entender las formas autorepresentativas o aparenciales es fundamental  la existencia de un receptor que interprete dichas formas (ya visualmente o por cualquiera otra vía sensorial). El órgano semiótico sería, por tanto, un órgano emisor de significados que dependen, en cada momento, del receptor que los interpreta…
*****
El tema, como advertía al comienzo, es grave para el naturalista. ¿Pueden explicarse las formas aparenciales desde un punto de vista diferente del adaptativo? ¿Acaso son capaces los organismos, al menos en este nivel aparencial, de generar estructuras y diseños complejos no funcionales, ajenos, por tanto, a las presiones selectivas?
Siempre me ha extrañado la infinidad de rasgos humanos innecesarios para la estricta supervivencia, surgidos todos como epifenómenos o resultados secundarios de la evolución adaptativa, cerebral y comportamental, de los homínidos. Y, sin embargo, esos rasgos constituyen lo más genuino y diferenciador del hombre, quizá la razón profunda de su éxito como especie.
Concluyo, para solaz y meditación del lector, mostrándole un ejemplo entre miles de patrón aparencial todavía inexplicado: los cuatro enigmáticos y bellos puntos blancos de la especie Dolichoderus quadripunctatus:

Obrera de Dolichoderus quadripunctatus (Fotografía de Martin Suvák)

Referencias:
  • Kleisner, K. 2008. The Semantic Morphology of Adolf Portmann: A Starting Point for the Biosemiotics of Organic Form? Biosemiotics 1: 207-219. Lewiston: Edwin Mellen.
  • Portmann, A. 1964. Anatomía de la figura animal. Ed. Zeus, Barcelona.
  • Portmann, A. 1968. Nuevos caminos de la Biología. Ed. Iberoamericanas, Madrid.
  • Portmann, A. 1990. Essays in philosophical zoology by Adolf Portmann. The living form and seeing eye. Lewiston: Edwin Mellen.


jueves, 6 de mayo de 2010

La aventura de los libros

The adventure of books

El pasado 23 de abril, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, se celebró en España el Día del Libro…

¡Cuántas vivencias deparan los libros¡ Recuerdo el primero que compré cuando tenía 13 años: Mis amigos los chimpancés, de una jovencísima Jane Goodall que revolucionó los estudios de primatología. Comencé entonces una afición irrefrenable, intensa y muchas veces azarosa. Por azar leí el maravilloso relato autobiográfico Los días, del escritor egipcio Taha Husein, primorosamente traducido por nuestro insigne arabista García Gómez, o La revolución silenciosa donde Lasdilao José Biro narra su invención del bolígrafo, o Espacio, el portentoso poema en prosa de Juan Ramón Jiménez… Algunos libros constituyeron para mí una revelación: El anillo del rey Salomón de Konrad Lorenz, las Cartas a Théo de Van Gogh, los Escritos en tiempo de guerra de Teilhard de Chardin, el Psicoanálisis del fuego de Gaston Bachelard, La evolución creadora de Henri Bergson, El espectador de Ortega y Gasset…
Tendría 14 o 15 años cuando llegaron a mis manos varios libros del naturalista francés Jean Henri Fabre. Se trataba de una selección de sus famosos Recuerdos entomológicos. ¡Qué delicia¡ ¡Qué observador¡ ¡Qué manera de contar y construir las historias naturales¡


Un año después leí asombrado La vida de las abejas de Karl von Frisch, uno de los fundadores de la etología, descubridor del lenguaje de la danza de las abejas, de la percepción de la luz polarizada y de otros fenómenos de la fisiología sensorial. A tal punto me fascinó la danza de las abejas -y tanto me extrañó como excepción en el contexto general de la evolución de las sociedades de insectos- que me planteé la posibilidad de que existiera alguna especie de hormiga con un sistema parecido de comunicación por localización a distancia. Me puse manos a la obra e inicié una extraña y solitaria búsqueda en pos de una hipotética hormiga simbólica. Búsqueda plena de inocencia, entusiasmo y aprendizaje que, durante  cuatro o cinco años, me llevó a observar el reclutamiento de las diversas especies de mi barrio.


En dicha travesía de incipiente naturalista, con 17 años y ajeno completamente a los círculos académicos, tuve la compañía de una obra extraordinaria y voluminosa que encontré casualmente en el escaparate de una librería de Sevilla: The insect societies, del biólogo norteamericano Edward O. Wilson. Me gasté en comprarla todos mis ahorros, y aunque apenas la entendía, pasar sus grandes páginas y barruntar la increíble complejidad de los insectos sociales dejó en mí una impresión indeleble.