domingo, 26 de junio de 2011

Hormigas mágicas

Magic ants

Hace 1800 años el naturalista romano Claudio Eliano afirmaba en su Historia de los animales que las hormigas dejan de trabajar el día primero de cada mes. Otros autores de la antigüedad extendían este descanso en el interior de los hormigueros a los días en que había conjunciones de la Luna…


El lector hará bien en sonreír ante tales relatos. La historia de la ciencia es la historia de un ascenso progresivo hacia la objetividad, descartando metódicamente creencias infundadas, fantasías y supersticiones. En este sentido, la mirmecología ha acumulado a día de hoy más de 40000 trabajos científicos sobre las hormigas, una cifra extraordinaria que habla del interés que suscitan estos insectos eusociales. Sin embargo, hay que ser cautos. Los protocolos científicos no siempre garantizan una aproximación a la realidad. De hecho, las hormigas mágicas pueden reaparecer, sin que muchos se percaten de ello, en las páginas de libros y revistas de prestigio.
Esto acontece, principalmente, cuando se pretende atribuir a las hormigas capacidades consideradas privativas del hombre o, a lo sumo, de algunos pocos vertebrados. Este antropomorfismo de viejo cuño tiene, además, un considerable impacto mediático que contribuye a extender ideas erróneas sobre lo que realmente son las hormigas y los hombres. Doy tres ejemplos, sin poder entrar de momento en detalles y análisis de los mismos:

1) Franks y Richardson afirmaron en Nature (“Teaching in tandem-running ants”, 2006) que durante el reclutamiento en tandem de Temnothorax albipennis se da un proceso de enseñanza entre el individuo que va delante en el tandem y el otro que le sigue. El artículo dio la vuelta al mundo con titulares como “hormigas profesoras y alumnas”, “primer caso de enseñanza en los insectos”, etc.


Una completa falacia. El comportamiento de reclutamiento en tandem puede explicarse sencillamente mediante una secuencia programada de estímulos y respuestas que conllevan transmisión de información. Absolutamente diferente al proceso cultural de enseñanza en humanos.
2) Varios autores han considerado que algunas especies de hormigas usan instrumentos cuando depositan objetos sobre alimentos líquidos, objetos que posteriormente extraen embadurnados y acarrean al nido. El análisis de dicho comportamiento revela que carece del carácter individualizado requerido por toda acción instrumental, y que se trata de una concurrencia casual de dos conductas independientes que se dan habitualmente, de manera aislada, en la mayoría de géneros de hormigas (el cubrimiento de sustancias húmedas o pegajosas y el arrastre de objetos alimenticios durante el forrajeo). Absolutamente diferente de la coordinación sensomotora e individualizada característica del uso de herramientas.
3) La investigadora rusa Z. Reznikova y su equipo vienen publicando desde los años ochenta unos sorprendentes hallazgos sobre las capacidades cognitivas de unas pocas especies de hormigas altamente sociales del género Formica. Dependiendo del diseño utilizado en cada experimento, y haciendo uso de los conceptos de la Teoría de la información, Reznikova afirma que las hormigas exploradoras, al volver al nido, son capaces de transmitir a otras obreras las coordenadas cartesianas del cebo que deben buscar; o mensajes codificados del tipo “girar a la derecha, de nuevo a la derecha, girar a la izquierda, a la derecha, a la izquierda, a la izquierda” para llegar a un cebo situado en algún punto de un laberinto ramificado de tiras de cartulina; o números que informan de la posición de un cebo en una especie de peine con numerosas tiras consecutivas.


Por tanto, de acuerdo con Reznikova, las hormigas serían capaces de procesar números y transmitir y recibir mensajes codificados, transmisión que acontecería de forma desconocida en los contactos entre la exploradora y las obreras, y que estaría correlacionada con la duración de los mismos. Una primera lectura de sus trabajos me ha generado un completo escepticismo. Hay varios factores (en los que no entraré ahora) que no se consideran en los experimentos publicados, pero que deben actuar e influir en los resultados. Esta exclusión impide que los hechos descritos (los éxitos de las obreras que alcanzan los cebos en los laberintos) sean susceptibles de explicaciones alternativas más sencillas que hagan innecesaria la transmisión de códigos complejos. Pronostico, modestamente pero convencido, que estos trabajos se deconstruirán algún día, y que la famosa caja negra mencionada por Reznikova -testigo de los misteriosos contactos antenales entre la exploradora y las obreras- será abierta finalmente para mostrar a unas hormigas que, lejos de ser mágicas y con una inteligencia altamente desarrollada, son organismos cuya conducta se inserta plenamente en una estadio evolutivo muy lejano del comportamiento de los vertebrados superiores, y a años luz de las capacidades lingüísticas y cognitivas de la especie humana.

viernes, 17 de junio de 2011

Encuentro con un sabio

Encounter with a sage

Mi mujer se animó a acompañarme al Museo Nacional de Ciencias Naturales. La ocasión lo merecía, aunque la conferencia anunciada era toda en inglés, sin traducción simultánea. El tema era a todas luces fascinante: el estado actual de la biodiversidad en nuestro planeta. El ponente era un sabio, un naturalista excepcional: Edward O. Wilson.
Pero nos llevaba, sobre todo, la curiosidad de conocer personalmente a este hombre, con quien había mantenido correspondencia epistolar durante los años en que preparamos conjuntamente el libro “Kingdom of ants” (2010), dedicado a rescatar las pioneras observaciones sobre hormigas que realizó el español José Celestino Mutis en la Colombia del siglo XVIII.


 Acabado el acto se formó una fila de diez o doce personas para la firma de libros. Atendía con suma amabilidad e interés. Llegado mi turno, le dí la mano y le dije que me alegraba de conocerlo en persona. Le llamó agradablemente la atención que el libro a firmar fuera “Kingdom of Ants”. Cuando se disponía a plasmar su rúbrica, le comenté que yo era su coautor, señalándole mi nombre sobre la hoja. Wilson se giró inmediatamente y me dio un fuerte y entrañable abrazo. “Esta mañana he estado en el Jardín Botánico, pregunté por ti pero no tenían datos para localizarte”.


Hablamos unos minutos. Me preguntó qué estaba haciendo ahora. Con mi pasión e inocencia habituales, le comenté lo fascinante de haber estado observando recientemente el comportamiento ovipositor de cuatro avispas parasitoides de hormigas, o mis últimas observaciones sobre la hormiga recolectora Messor barbarus


Al terminar nuestro breve encuentro, Wilson cogió el libro y me susurró: “Este libro, poco a poco, lentamente, tendrá un sitio en los estantes de las bibliotecas. Mutis fue uno de los primeros y grandes naturalistas de América”.


Nos despedimos con cierta emoción. Él se había llevado una pequeña sorpresa, y yo acababa de conocer en persona a un sabio excepcional. ¡Adios, Edward!